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Juan Zurita: Cinta, textura y el arte de contenerse

 

He seguido el trabajo de Juan Zurita durante años, y diré esto: nadie consigue que la cinta de carrocero parezca tan cargada emocionalmente. Verlo trabajar —colocando meticulosamente tiras de cinta, pintando sobre ellas y luego retirándolas como si estuviera revelando un secreto— es extrañamente hipnótico. Es un método que no debería sentirse dramático y sin embargo, en sus manos resulta silenciosamente cautivador. ¿El resultado final? Pinturas que parecen engañosamente simples hasta que te das cuenta de que han sido construidas con una especie de elegancia obsesiva. Capas sobre capas sobre capas —como sedimentos.

Las obras de Juan tienen profundidad, tensión y una extraña fuerza magnética. Están estructuradas sin ser rígidas. Son mínimas, pero no minimalistas. Geométricas, sí, pero no de las que te aburren hasta arrancarte un gesto educado. Son pinturas que sugieren que algo más grande está ocurriendo justo bajo la superficie. Algo que ha requerido precisión, paciencia y probablemente una lista de reproducción bastante sólida.
Lo que más me impresiona es la seguridad con la que estas obras se contienen. No lo cuentan todo. No intentan seducirte con el color o el espectáculo. En cambio, se despliegan lentamente: primero percibes las líneas, luego las texturas, después la manera en que la pintura parece haber sido guiada hasta su lugar en vez de simplemente aplicada con un pincel. Ves cómo una capa se insinúa bajo otra, cómo algo afilado se suaviza con algo apenas perceptible. No es estridente, pero permanece.

Siempre hay una sensación de orden coqueteando con el colapso. Ese equilibrio —la tensión entre construcción y erosión— es donde reside el genio de Juan. Se nota que ha editado estas piezas sin piedad, pero nunca ves el esfuerzo. Ese es el truco de magia.
La paleta cromática merece su propio párrafo. Juan trabaja con tonos que parecen desteñidos por el sol, ligeramente amoratados y profundamente intencionados. Aquí no hay nada aleatorio. Verás ocres apagados junto a azules atenuados que casi —pero no del todo— chocan con un ciruela magullado o con el ocasional estallido ácido de algo que se niega a comportarse. Es una paleta que te hace darte cuenta de lo estridentes que son la mayoría de los otros pintores abstractos.

También me encanta lo poco que su trabajo se deja afectar por las tendencias. Son combustiones lentas. Cuanto más tiempo pasas con una de sus piezas, más empiezas a captar el ritmo: la manera en que una línea de la retícula casi se alinea perfectamente con otra al otro lado del lienzo, o cómo una zona raspada revela una capa anterior como una conversación olvidada. No están “terminadas” en el sentido tradicional. Están resueltas de una forma que se siente más honesta.

Así que sí, soy fan. Desde hace mucho tiempo. Y seguiré viendo esos vídeos de estudio como si fueran thrillers de suspense, la cinta colocándose y retirándose con una concentración de cirujano. No es solo un proceso: es una filosofía. Construir. Quitar. Dejar que el residuo hable.

Pato Paez

 

 

©2026 Juan Zurita Benedicto